
Mujer de ojos caídos con esclera azul.
Mujer,
nadie te enseñó otra cosa que no fuera sufrir
¿Qué podías hacer tú?
Mujer con la piel delgada,
piel amoratada,
piel manchada.
Mujer de tristeza vecina,
sueñas con ser niña,
corriste a donde tu madre que estaba en la cocina,
El ruido de las cazuelas no la dejó escuchar,
cuando llorando le decías,
mi marido me lastima.
Regrésate a tu casa,
allá es tu lugar,
tú ya no eres mía
y tienes hijos que cuidar.
Mujer de amor agonizante.
Mujer de dolor vivo.
Vientre en flor de primavera,
no dejaste que nacieras.
Amamantaste tus dolores
como lo haces hasta ahora,
el Dios que te dijeron que era no bajó,
no fuiste tan buena para él.
Mujer sin madre.
Mujer sin padre.
Mujer cenicera.
Mujer suplicante.
Mujer de ojos caídos con esclera azul.
Tus frecuentes visitas bajo la cama
te satinaban los ojos,
te dolían las rodillas.
A caballo vallo pasas las tardes,
dulces, agua, duraznos, refrescos.
Niño de espuelas,
Charro de años interminables.
Sigues siendo él,
piel de baqueta,
fino de labios,
satinado de ojos.
Incluso los caballos vuelan.
Te enseñaste a convertirte.
Saliste de ahí,
pero no eres como ellos.
Todavía tienes los moretes.
Piel dura,
cardenales en la espalda
Que dibujan tus antiguas espinas,
y los olvidos,
los olvidos que no cuentas,
que te quedas y te siembran por las noches.
Pero, ahora eres un caballo.
Los cascos se te florean,
la crin te crece hasta el piso,
Lleno de tierra.
Bajo la cama.
Se abren las puertas,
aprietas los puños,
la botella de cristal se quiebra,
¿El miedo?
Te preguntas si hay miedo en otras cosas.
Bajo la cama,
con las rodillas raspadas
encuentras las partículas de los días,
años,
meses,
segundos,
donde no abrazabas esa oscuridad incompleta.
Los invisibles rayos de luz que entran por las orillas te revelan.
Te reverberan los brazos,
se aguadan tus pies.
Y dibujas con el meñique los pedazos de tu madre.
Ahora eres un caballo,
te comes las raíces de tus huertos.
saliste de ahí, pero no eres como ellos,
tú vuelas,
a ti se te florean los cascos,
A ti no se te trenza la crin.
La Estrella que creíste perdida
la tienes herrada en las palmas.
Y con la Golondrina que te atas en el cuerpo, ganas el peso de tu nombre
Impreso en materia que solo tú puedes tener.
sigues siendo él.
Charro de años interminables,
Niño con piel de durazno.
¿Miedo?
Ya no conoces el miedo,
Incluso los caballos vuelan
Ahora vuela,
No eres como ellos
Y nunca lo vas a ser.
Si la fe tuviera escamas,
yo sería como esos peces que salen en mayo,
aletas derretidas,
por aire asfixiante,
de letárgicas aguas.
Si la fe tuviera escamas
mi cuerpo áspero no se refugiaría,
soy de esos peces
que salen en mayo.
De aletas derretidas
de respirar lo que les mata.
Acá se queman los cerros
acá me sangra la frente
acá se me abren las branquias.
Mi madre me manda con fe,
yo vengo como un pez
de aletas derretidas,
no digo que no sé nadar.
Que, aunque me cueste lo hago.
Nado como los peces que salen en mayo
y mis escamas se caen,
se regeneran.
En septiembre Francisco me dijo «valiente»
yo siempre fui un pez
nunca lo quise ser,
en septiembre me nacieron las aletas y las escamas y la fé.
Mis padres tienen escamas,
y branquias también
no somos de peceras
salimos de ríos casi secos,
de más lodo que agua.
Yo me quité las escamas,
pero mis aletas derretidas
y mis branquias se cerraban,
me nacieron otra vez.
No puedes vivir sin fe.
Mis abuelas me las vuelven a coser.
No puedes vivir sin fe.
Mis hermanos me dan la parte del caudal que me hace falta.
Y me dicen, no puedes vivir sin fe.
Nuestras branquias se han cerrado,
la fe tiene escamas,
y yo soy de esos peces que salen en mayo.
Con aletas derretidas
por asfixiante aire,
de letárgicas aguas
que se afila las espinas,
con la línea recta doblada,
y vuelvo a salir con las curtidas escamas
de entre el lodo de la fe que me hacía falta.
El pechirrojo que va
volando, navegando entre aquel río lejano y hondísimo, no sabe.
No sabe que lo veo,
ni siquiera sabe de él.
Yo qué sé de todo, tristísima
y sé de todo,
acabada de dolor.
También tengo el pecho rojo, pero no de infinita belleza.
Pero no con esas alas.
Tampoco sé ni siquiera de mí,
y no voy volando,
respirando el más azul de los viajes.
Sé de literatura, de escritura,
de cocina, de llorar y querer con agonía.
Pero no sé de mí, no lo sé
porque no soy mía,
Soy de él,
como aquel pechirrojo es de su viaje siempre fiel.
Desde que soy mujer conozco la muerte,
no solo como concepto,
no solo como componente de la vida.
Como compañera,
la conozco, la temo.
No solo por dejar de vivir.
Si no por cómo va a pasar,
cuanto me va a doler antes,
cuanto me van a llorar.
No solo porque lo pienso,
si no,
porqué me he escapado de ella
y ellos desde que son hombres me la presentaron.
Ximena Mendoza (2005. Centro, Autlán de Navarro, Jalisco, México). Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en CUSur en la Universidad de Guadalajara (UdeG). La pasión por la escritura la llevó a continuar su formación en Zapotlán el Grande, donde se ha enfocado en el cultivo de la poesía. Ha participado en algunas publicaciones, talleres y eventos literarios. Es parte de Oníricas, colectiva de mujeres poetas que promueven, exponen y vinculan la poesía de mujeres en el sur de Jalisco.