Luna Cueva. Foto: Miguel Asa
Luna Cueva
Zapotlán el Grande, Jalisco, México

Anhelos

Saldrá al caer la noche
con viejas esperanzas de un cambio,
cuerpo joven entumecido
y actitud perpetuamente eufórica.

En la selva de luces,
aullidos, alcohol y alborozo,
se ensombrece la asfixia constante
y su carne retoza en la cercanía.

¿Permanecerá hasta el amanecer?
¿O será que se mantiene en sus huesos?
Tal vez convenga quemarlos
y esperar que las cenizas no se aferren a su alma.

Serpiente

(sonríe, serpiente,
como si el siglo de la sangre
no fuese sempiterno).

Ser que atrapa,
abre tus fauces y muestra el veneno:
tus colmillos,
inyectados de poesía,
se regocijan en su belleza
y matan al incauto
sin siquiera drenarle la sangre.

Ojalá tus ojos,
oscuros como el Universo,
fueran cuencas que expulsan gusanos.
Ojalá la Naturaleza,
(la Justicia,
y todas las fuerzas que no existen)
se atrevieran a pintar en tu semblante
parte de lo que pudre tu alma.

Tú, que mudas de piel
como de víctima
(no vaya a ser que alguien reconozca
los rasguños de auxilio
grabados en la textura de tu cuerpo),
confiesa tus crímenes
al Dios del que reniegas.

Tú, que reptas por la vida
como Ulises navegante
que aborrece el puerto,
refléjate en el estanque
y, si ves mi reflejo,
no retires la mirada.
Tú, serpiente,
que acaricias mi cuello hasta la asfixia,
juzga, como bien sabes,
si es mi garganta
digna de tu roce,
si es mi obra
digna de tu rabia,
si soy yo
para ti
digna presa.
 

Las niñas de ojos de zafiro

Las niñas de ojos de zafiro
se comen sus sueños
y los vomitan en baños de lujo.

Sueñan con arrancar de su cara,
las gemas del rostro
para nunca más verse.

Lloran diamantes
que cortan sus mejillas,
tiñendo de sangre
sus mofletes carmesís.

Tejen en sus caras sonrisas
que no alcanzan
al corazón que se esconde
tras sus pechos redondos.

Desde su garganta
rodeada por rubíes
venden consejos
que nunca siguen.

Y cuando se hacen pequeñas
para no ser vistas,
caen con pesar sobre ellas
miles de rosas
que las ahogan
en su perfume. 

Portador de verdades de papel

Anda, ocúltate en tus versos.
Hiere al aprendiz, finge que lo sabes todo.
Usa la palabra, arma de doble filo,
hasta que seas la última pluma,
hasta que te des cuenta
de que pintando mundos
has dejado el tuyo detrás.

Portador de verdades de papel,
dime, tú que adoras el sonido de tu voz,
tú que afilas la pluma y atacas hasta la estrofa,
¿es necesaria la vanidad
para escribir mi nombre
entre las páginas del mundo?

Temo

Y yo que temo a los espejos,
a habitaciones llenas, a una vacía,
al narcisismo, a los complejos,
a viajar en barco, a andar en tranvía,

a rimar a veces,
a perder el orden

a comprometerme, a pasar el rato,
a llegar a vieja, a ser siempre joven,
a fingir sonrisas, a ocultar mi llanto,
a los que vomitan, los que nunca comen,
a caerme a el suelo, a volar muy alto.

A olvidar las cosas, a aferrarme a ellas,
a beber mis miedos, a romper botellas,
a juntar granizo, a contar estrellas,
a las cosas feas y a las cosas bellas.


A la vida eterna, a morir en vida,
a los estrados, a la afonía,
a presentaciones, a las despedidas,
a seguir con esto, seguir todavía.

Luna Cueva (2005. Centro, Zapotlán el Grande, Jalisco, México). Poeta. Estudia la Licenciatura en Letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Durante la pandemia participó en el taller virtual Luvina de escritoras hispanoamericanas. En 2022 fue parte de un taller con el poeta y editor Luis Armenta Malpica, experiencia que consolidó su interés por la poesía. Ese mismo año publicó por primera vez en el libro Creadores Literarios de FIL Joven. También ha sido publicada en la revista Vaivén del Sistema de Educación Media Superior de la UdeG. Es parte de Oníricas, colectiva de mujeres poetas que promueven, exponen y vinculan la poesía de mujeres en el sur de Jalisco.