Guadalupe Morfín. Foto: Miguel Asa
Guadalupe Morfín
Guadalajara, Jalisco, México

Por qué escribo

Soy torpe para las cosas de la electricidad.
Me dan miedo los cables y sus toques
no sé inaugurar lámparas
y acaso con trabajos puedo
cambiar un foco
y conectar un enchufe a la pared.

Escribo porque no hallo otra manera
de encender la luz
la mía mínima
esa de luciérnaga desubicada
de planeta, de patria, de lengua.
Pero no de quereres.
Ahí bien sé en dónde estoy sembrada.
En lo del corazón entiendo de laberintos
huertos, hondonadas y planicies
playas y lechos de río.

Escribo por el misterio del rosal francés
que da flor en la rama trasplantada
hace unos días
sin más raíz que mi empeño
por darle cobijo más amplio

por la visita de los colibríes a las bugambilias
cada mañana, afuera de la cocina

y por ese pájaro amarillo, de pico blanco y negro
delineado como el mejor maquillaje
que viene a robarle alimento a nuestra lora
y previamente canta
como pidiendo piedad.

Escribo porque no sé ir a la guerra
ni decidir a cuál empleado habría que sacrificar
si yo fuera jefa de una industria
o directora de un diario.
Cierto, he comandado ejércitos
he firmado sentencias
y separado el trigo de la cizaña cuando fue necesario.
Esos han sido mis otros oficios;
con ellos tal vez alivié
más de algún duelo
y me fueron regaladas muchas cosas:
cartas de gratitud, rebozos, flores, fotos
y notas de periódico.

Ahora, en este otro mi quehacer más íntimo
después de Acteal y Ayotzinapa
de Allende y La Barca
Ciudad Juárez y Reynosa
Veracruz y San Fernando
Tlatlaya y Tanhuato,
después de tantas fosas tantos muertos
tantas familias fragmentadas
tanto vivir con miedo
de Chenalhó a Tarahumara o la Sierra Wixárika
después de tanto seguir preguntándonos
por dónde desanudar tanta crueldad
y comenzar a anudar los ovillos de la paz
ahora
después de todo
como no sé poner una bombilla
y apenas sí colocar en la ranura la conexión correcta
y como no sé hacer guerras
aunque sí he hecho mías ciertas banderas
para que los manteles alcancen para todos
ahora
después de pasear al perro, de barrer el patio
y de poner la mesa,

escribo asombrada
por el día que amanece
la tarde que declina
los colores de la luz
la misma luz
que se deja escribir y va nombrando
eso que nos une y nos hermana
palabras sencillas mas no simples
una manera distinta de hablar con los míos
decirles no me he ido
mantengo la ventana, todavía,
encendida
y sigo buscando en diccionarios idos
las vetas de luz del consuelo y del perdón.

6 de julio de 2021

Teología de las pequeñas cosas (Arlequín, 2022) 

De otra manera

La memoria es gracia más que cruz
si abre una ventana
si en su alféizar caben las ofrendas
y esa pausa que precede al perdón.

Pero antes
hay que juntar los restos del naufragio
y enderezar los hilos y anudarlos
leer de otra manera
colocarse
ahí en el mirador
donde cada cosa tiene explicación
─ ¿expiación dije? ─
y ninguno queda excluido.

Septiembre de 2012

Relámpagos de la memoria (Arlequín, 2017)

Los haberes del naufragio

Busqué entre los restos.
Pepenadora experta,
hube de bucear en aguas turbias:
tragar y escupir;
            escarbar en la arena.
Trasladé montículos de desperdicios
unos centímetros más allá.

Aquilaté el silencio:
ninguna voz acompaña
el desenterramiento de tesoros.

Hay algo de procesión funeral
cuando se pierde tanto.
Y un sabor de celebración infantil
cuando aparece un brillo
                             entre los restos de coral
preludio quizás de una canica
la copa de tequila del abuelo
el cenicero de papá.

De sacudida en sacudida
jalé las puntas del pasado
y un telón de fiesta se irguió sobre la playa.

Y aunque las fotos fueran elocuentes
–y yo tan ebria con esa añoranza
de un tiempo crecido
       en la imaginación
       en la reverencial candidez–
fue más humano sentarme a recomponer
los huecos de la red
las serpentinas rotas del banquete
los floreros depositarios de arcoíris
con el olor intacto de los nardos
y el esplendor veraniego de las lilas. 

18 de septiembre de 2012

Relámpagos de la memoria (Arlequín, 2017)

Oración al fregar esta cazuela

El país se me deshace y yo
tengo que dejar limpia esta cazuela
y no hallo cómo tallar con qué estropajo
los pisos de la sangre de tanto ejecutado
para que su imagen no se me aparezca
justo cuando estoy en sobremesa
intentando elaborar redes de amor
con el marido, los hijos, los amores de los hijos
ni sé cómo atar tanto hilo deshecho
por tantas geografías lacustres y serranas
cómo estarán esos muchachos
hijos de los cercenados
habrán visto los cuerpos en los noticieros
habrán amanecido queriendo tomar un té de qué
tila venganza vergüenza anís estrella
cómo digerir la muerte de un amado
haya sido quien haya sido
cualquiera sea su historia
cómo te comes eso sobre pan integral
en la rebanada del desayuno
cuando es la hora de dar besos para que les vaya bien
antes de lanzarse a la calle los trabajos los oficios
el asomadero del mundo que arranca a las familias
de las sábanas tibias y los avienta a ser
ciudadanos en una intemperie durísima
más que esta cazuela de sopa de papa
que no se deja limpiar
ni es fácil como las del consomé
carajos, ayer barrí las hojas de arrayán
y ya está otra vez casa país
plaza nunca ganada igual que cada día
así es la cosa no nos engañemos
las macetas de nochebuena hay que regarlas muy seguido
ahora con el calentamiento global
que ya llegó al patio
y se hace un horno en pleno invierno
no me digan que me calle
cómo me voy a callar si cada día hago lo que me toca
poner la mesa tender las camas
dejarlo todo para que se acurruquen
aunque afuera sigan aserruchando la constitución
llenando de cáscaras de mentiras los baches las avenidas
poblando la ciudad de señores carros camionetas motores
y qué te creías tú añosa con collar de perlas
que te iba a dejar pasar cualquier chofer de camión urbano
nomás porque eres ama de casa al volante
-cualquier taxista cualquier hombre al frente de su máquina
de poder: poder rebasar poder ganar poder borrarte-
si aquí el único mandamiento es la velocidad
y pobre del que meta freno en cuanto prenda la luz roja
pendejo si frenas para ceder el paso
las bugambilias también necesitan un balde de agua
aunque florean de más con pura sed
pero ya se nos pasó la mano pobrecitas
andan como yo echando rayos de color
pero con su desierto dentro
cómo quieren que ande
si cada día desde el sorbo del café
lo primero que una sabe es el reguero de cuerpos
de decretos de edificios de burdeles
de cosas que se fueron permitiendo porque
los chicharrones que truenan andan con prisa
y es que el dinero intoxica y hay que irse rápido a Las Vegas
a ganar más y menso el que no llegue con su avión particular
y yo aquí con la fibra y los guantes
queriendo componer las ollas
como quisiera componer el triángulo dorado
las calles de Coatzacoalcos la esquina de Ciudad Juárez
donde les tiran a matar con tan buena puntería como en Tijuana
o los desaparecen como en Reynosa o la Laguna
ya ni Parras perdonan ya ni los oasis
donde plantaron vides los abuelos
ya ni el verde del mar ni el azul de los lagos en Montebello
ya solo es rojo lo que estoy lavando
desde hace rato lo que estoy llorando
desde hace siglos
porque esto no es de ayer
este no saber cómo limpiar
la tarja mi país tantas banquetas qué ruidajal
truenan cohetones que asustan a los perros desde la parroquia
o la zona militar qué más da igual espantan
y luego el aulladero el andar como sombras
el añorar que a la hora del café
y del arroz con leche
los hijos el marido puedan irse
otra vez a la calle con mi ofrenda de amor
a lidiar con el mundo
chinguen mucho a su madre todo esos
que me han jodido el mantel
si yo nací para cantar y poner flores en la mesa
y hacer un pan sabroso y no estar tirando
en vez de esta pinche sopa de papa
litros de sangre roja hermana de la mía
no importa si es de narco
general comandante coronel diputado alcalde niña cholo
no importa
si nada puedo consolar con qué cuentos
qué canciones qué chistes
no me salen
ninguna canción de cuna
para que se vayan con un ramito de paz
aleteando en la solapa
a lo suyo
los míos
los de todos
mi casa
mi país
este cochambre
amén.

Zapopan, Jalisco
2 de diciembre de 2010

Tiempo de plantar olivos (Arlequín, 2011)

Adiós

a Mamá Amparito

Pronto tendremos que ver con la muerte, abuela,
antes de que el azahar sea barrido por el viento
y primavera empuñe nuevas flores.
Llegaste y te nos vas con el invierno
de un siglo terrible.

Seguimos siendo rapaces y siniestros
como máquinas de guerra
parece que nos gusta enarbolar
el permanente luto por Abel.
Con ametralladoras y misiles
gritamos la nostalgia de esas tardes
en que los padres nuestros, los primeros,
solían dialogar con Dios
y darle a cada cosa un nombre justo.

Terrible y neblinoso, pero el alba
no cesó de venir, ni la poesía
de las cosas mínimas del cofre cotidiano.
Tu sopa de fideos y tu café con leche
navegan ya en la barca de los siglos
y los cuentos de amor con que me arropo
en este nuevo siglo
mientras me dices, tenue, aunque guerrera:
“Hasta lueguito”.

Mansos diluvios (Arlequín, 2004)

 

Guadalupe Morfín (1953. Jardines del Bosque, Guadalajara, Jalisco, México). Abogada y poeta. Estudió Derecho y la maestría en Literaturas del Siglo XX en la Universidad de Guadalajara, además de teología y filosofía en Roma. Fue presidenta de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco, comisionada federal en Ciudad Juárez y fiscal especial de la PGR para Delitos de violencia contra las mujeres. Regidora presidenta de la Comisión de Derechos Humanos e Igualdad de Género por Guadalajara (2015-2018). Autora de seis libros de poesía, entre ellos Mansos diluvios (2004), Tiempo de plantar olivos (2011), Relámpagos de la memoria (2017) y Teología de las pequeñas cosas (2022), así como de varios títulos en prosa. Su obra aparece en antologías nacionales e internacionales y ha colaborado en medios como Mural y El Informador. Su trayectoria une la defensa de los derechos humanos con una escritura donde la memoria, la justicia y lo íntimo dialogan con la poesía.