Evangelina Bolitocha. Foto: Miguel Asa
Evangelina Bolitocha
Apatzingán, Michoacán, México

historia roja

los muertos rasguñan con su ira
con el enjambre de murmullos amorfos
la oscuridad sale de su boca que es noria
los muertos nos vigilan
nos vigilan con sus cuencas oscuras y huecas
acarrean un hedor que no los deja descansar
el campo ya no es santo
tenemos que orar para que no se lleven nuestra sangre
es un vicio la sangre derramada, un maldito vicio
a cualquier hora nos matan
y luego se deshacen de los cuerpos
como si de zancudos embarrados se tratara
por eso y por otras cosas más agrias
debemos orar
orar y respetar el dolor ajeno
porque los muertos no descansan
por más que quieran cerrar sus huecos
cargan la melancolía de una muerte negra, quemada
sus fantasmas dibujan nuestra sombra
tenemos que orar
orar encogiendo la sangre
escupir al silencio
porque el silencio
lástima a nuestros muertos.

Dios

a Dios lo tenemos desde hace mucho aquí
encima del pecho
debajo de las lágrimas
vino con las flores y las espinas de los huizaches
   nunca se fue

Dios es una canción que florece cuando mi madre
se moja la barriga lavando cerros de ropa
con niños pendidos a cada dedo

Dios florece en la sardina y en la sopa
en el pipián de la tía Pancha
ese es Dios —digo yo—
aunque me den de coscorrones
aunque quieran despuntar la lengua con tijeras oxidadas

pero yo sé que Dios está aquí desde
que mi abuela besó el sexo con ternura de miel
con ansiedad de recién nacido
yo sé que Dios existe en los ojos de los perros familiares
que se beben el caldo de res con un poco de tuétano
                        y luego suspiran con la panza inflada
Dios vive en el tuétano de los huesos

me hicieron abrir un libro de páginas de mariposa
y dijeron; aquí está Dios
                        aquí está Dios
aquí está Dios
y lo repetían como golpe de agua
                        pero nunca lo creí
nunca vi a Dios en las páginas de mariposa
vi a Dios en la espalda erguida de mi madre dándole de escobazos al destino
ahuyentando la derrota cotidiana
vi a Dios en el ojo izquierdo de ella
que a cada hora se hacía más pequeño
con cada prenda que zurcía, con cada bastilla que terminaba

vi a Dios en las manos negras de mi padre
negras como la vida cuando el lodo embarra la sangre
vi a Dios cuando de las profundidades de la tierra
sacaba los frutos que preservarían a sus vástagos

veo a Dios en Marcelo, mi perro
cuando aúlla con el ruido de las ambulancias
y reímos con la boca abierta del universo

            Dios existe
                        sólo instantáneamente
                                    y quizá
para siempre.

Evangelina

mi nombre no es Evangelina, pero he de llamarme así
porque no hay otro que describa el rojo 
que poseo en las horas en que resbalo en la incertidumbre
de ser

Evangelina tiene el rostro inflado
es un autorretrato de las páginas que fueron la infancia
los puños cerrados de la adolescencia
el humor de la entrepierna virgen
las ansias de caber en todo y en nada
los rostros pardos
la vejez prematura de su alma     

a veces me hierve el ombligo y bate toda mi sangre
las hormigas, los perros, las moscas y algunos pájaros
me dicen, quieta quieta
eres tan amarilla
tan amarilla
            soy amarilla
pero cuando estoy cerca del mar
algo me llama
los peces entre la oscuridad
susurran con los dientes llenos de burbujas
eres acuática
            no sé lo que soy
(sé de dónde vengo y eso es una ventaja)
no hay otra más que la misma Evangelina
que comió morisqueta
y
se emborrachó de mentiras y disfraces
             soy esa,
o me parezco a la que me dijo con sus labios de pétalo
que la soledad no puede ser un capullo
prometí que no lo sería
y aquí estoy tejiendo mi soledad con hilo rojo
            pensando en no ser esa que no debería de ser
que soy algo
ni tan grande ni tan chico
            algo…
algo carcomido en el misterio de la vida
en el secreto que somos cuando nadie nos ve
algo pequeño que brilla porque nació sabiendo, que la victoria es una broma instantánea
que nadie nos puede decir quiénes somos
sólo nuestra sombra
el rojo pecho
a veces, los dientes dibujando los latidos
SOY ESA, LA EVANGELINA
de nadie, sólo mía
(sin antecedentes y sin culpables)

un cochinero

no me hablarás esta tarde
como no me hablaste ayer
cuando las arañas del aburrimiento
destejieron mi ombligo
¡un cochinero!
de pronto el lodo y la lluvia
la lluvia que no dejó de caer
el cielo abrió su panza y derramó su alma sobre nosotros
sobre ti
y sobre todo sobre mi

no me hablaste
ni ayer
ni el domingo
porque el cielo de nuestras bocas se abrió
y dijimos las cosas atoradas
            en las líneas de nuestras manos; que son crianza eterna
¿te acuerdas?
cuando te sentaban a la mesa y rezabas por el pan de cada día
            acariciando sedas y crucifijos
y yo te dije que no, que en esa opulencia
en esos caminos de sotanas de terciopelo hay ríos de sangre
y tú preguntaste con la lengua envenenada y seca
            —¿entonces en qué crees? —
en mi infancia —dije yo—
creo en los bolillos a las tres de la mañana, a media luz, con mugre en las uñas
y hojas de limón

cerraste el cielo
            tu cielo y el mío de paso
el mío que ya era un cochinero para esa hora
porque en nuestras palabras
en tu historia y la mía
los terciopelos y las sedas siempre se van a embarrar de lodo
            tus hermosos ojos han de salpicarse con la mugre de mi infancia

resbalamos en este cochinero
            que siempre nos antecede.

crónica de esta chica que soy

huelo mal
como cualquier animal que corre
y acecha
para conseguir el pan
no siempre huelo mal
pero siempre al final del día
digo mentiras
todo el tiempo
por llegar tarde
por comer un poco más
miento
le miento a mi perro
con la mirada
              no puedo sacarte, estoy muy cansada,
              molida, hecha polvo 

esta chica que soy
siempre
le duelen los huesos
y está cansada

esta chica mentirosa que soy
le fascina suplicar
                          suplicar
                                     suplicar a Dios
(con poca luz en la lengua y en el pecho)
sonar convincente

esta chica que soy le gusta caminar
con las manos sueltas
el peso del aire entre el pelo
con los ojos cargados
del trote de los perros

a esta chica que soy
le gusta el café
y sobrevivir
patear
no ser devorada
ganarse el pan
con el sudor de la frente
y el culo
rasparse
tropezarse
hacerse la dormida
ver a través de los fantasmas

a esta chica que soy le gusta envejecer
rechinar más cada día
soñar que tiene una fábrica
llamada Factory liar

esta chica que soy
le gusta ser una mentirosa pura sangre
que se inventa la vida
con borrones
mordidas
y manches de café

esta chica que soy
a veces se le doblan las patas
pero siempre
cuando el galope la rebasa
cuando la sinfonía de mentiras
de otros, o suyas
la derriban
espera a que su cuerpo
              alcance el nido de su alma.

Evangelina Velázquez (1988. Centro, Apatzingán, Michoacán, México). Poeta y narradora. Licenciada en Letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara y diplomada en Literatura hispanoamericana del siglo XX. Ha obtenido el segundo y tercer lugar del Concurso Estatal de Cuento Juan Rulfo (2017 y 2014), mención honorífica en el Concurso Nacional de Cuento Ángel del Campo “Ni una más. ¡Alto al feminicidio!” (2021) y en el Premio Dolores Castro (2022). Es autora de Sangre fantasma (2022), caldera de alacranes (2023) y Libro Rojo (2023). Su obra ha aparecido en diversas antologías de cuento y poesía. Ha impartido talleres de lectura y creación literaria y forma parte del grupo literario Náufragos de la Palabra.