
Representas un desliz almendra
en el cual me dispongo a perderme.
En los ojos encuentro rastros de azúcar,
desprendidos de un centro de apolínea dulzura,
donde granos caobas se tuestan en cadenas de azabaches cortinas.
Disfrazan un afable cíclope,
el cual devuelve la misma intensidad al descubrir su mirada,
un monstruo que se forma cuando cuatro rendijas se acercan y se contraen,
hasta disolverse entre rizos canelas que descienden hasta tu rostro.
La marea me arrastraría,
como caracola en la nada movediza,
arenosa, áspera al tacto, rugosa en su plenitud.
Perdiéndome en el movimiento,
hundiéndome en lo salado,
en aquello que quema la lengua sin nunca abandonarla,
en las palpitaciones febriles llenas de musgo.
En el sabor sereno y verdoso.
Después,
solo después,
me arrullaría el índigo,
meciendo las curvas continentales,
provocando maremotos. Sacudidas cuidadosas de acerba espuma.
Las sombras en algún momento se deben refugiar,
necesitan protegerse de la oscuridad que las consume,
salvaguardar su contorno de la opacidad absoluta.
Así que se deslizan,
arrastran sus presencias hasta los marcos de las puertas,
donde anhelan un poco de luz,
se envuelven entre destellos cálidos,
esplendorosos
y consideran haber sido salvadas.
Mientras la ciudad es un desierto, la faena se convierte en desolación.
Tierras infértiles de sociedad,
ajenas a lo rutinario.
Las noches conocen todo lo absurdo,
lo monstruoso,
son un vórtice.
Consumen a quienes las habitan hasta el amanecer.
Intento en los plenilunios enjuiciar su imagen,
preservar con palabras las estelas de arena
que se escurren en sus lágrimas de cocodrilo.
capturar los ruegos que disipan la cautela.
Son sobrevivientes de la lejanía onírica,
invasores desesperados de territorios impropios,
siempre corriendo en una cruzada de fantasmas,
como figurillas de cristal al abandono de una deidad.
Estos emprenden carreras en escaleras de caracoles,
donde buscan el sueño americano,
sin nunca alcanzar el último muro,
el bravo final del río.
Se ven reducidos entre las corrientes,
atrapados en los límites de su esperanza;
sin embargo, nadie perdona el intento.
Se les grita el castigo prejuicioso,
incluso cuando los niños se desvanecen,
apuñalados por kilómetros desérticos y soldados innombrables,
quienes le niegan la última paternal plegaria,
por proteger los murmullos de un país,
así un nuevo tren llega y no regresa.
El riesgo posee una cadencia innata,
tiene un resonido similar a murmurar boleros,
muy por lo bajo,
solo para que el alma escuché,
para que únicamente se guarde en las venas,
en el cuerpo,
que fluya por las comisuras de la piel propia y el éxtasis de ello sea un secreto,
algo que no debe revelarse,
algo cuyo conjuro solo funciona en las penumbras.
De la misma forma que el peligro recorre la figura y enmarca nuestra complexión,
casi rehaciéndola,
reconstituyendo quienes seremos después de aventarnos por ese risco,
de aceptar que en la caída libre el viento pega en la cara
y por unos segundos la libertad se siente como posible,
como si fuera habitual en nosotros,
pensando que la existencia no nos estruja,
no nos estrangula en cuanto recibimos al mundo,
cuando nos presentamos a otras miradas.
Danna Acuña (2004. Belisario Domínguez, Guadalajara, Jalisco, México). Poeta. Estudia Ingeniería civil en la Universidad de Guadalajara(UdeG). Inició su formación literaria en el taller Luvina Joven y ha participado en lecturas en la FIL, Radio UdeG y otros espacios de poesía. Ha publicado en Luvina Joven, en el repositorio de la UNAM y de forma independiente. Cuenta con reconocimientos estatales en oratoria y lengua española, además de colaborar como corresponsal cultural en la Gaceta UdeG.