
Normalmente uno espera a que el ojo deje de punzarle
para poder seguir rompiendo cosas:
me gustan mucho las lágrimas de las fisuras,
las cosas que se resquebrajan, el sonido de romperse.
Todo se rompe lo necesario si lo doblas lo suficiente.
Normalmente uno siempre todo casi muchas veces
porque hay muchas cosas y todas se doblan,
algunas se rompen, otras se quiebran:
el sonido de como cuando gritas pero no explota.
El concreto va a doblarse (o algo así)
y uno, siempre, casi muchas veces se imagina
el reventar de los cráneos contra el pavimento.
No sé cómo suena el sonido de las cosas
que se estrellan previo a perecer, pero
todo lo que se rompe, quiebra y viceversa
y eso me gusta
-qué buen sonido-.
Normalmente las cosas que se quiebran,
se cráter, cruz, crico, cristal, cráneo
-a veces cabeza, sí, mi cabeza-
todo se rompe lo suficiente si lo doblas lo demasiado.
Uno siempre espera que el ojo deje de punzarle
con la finalidad de romper algo
a veces como plegaria, a veces como sonido
porque todo siempre todo y muchas cosas
(por no decir todas las cosas)
todo siempre suena mucho y hace un sonido como crac pero más leve
porque nunca termina de explotar.
I
Mamá, por favor, no nos pises:
Mamá, la humanidad somos un insecto pequeño,
por favor no nos comas.
Llevo marcados en la piel tus himnos de cal.
Fuera de mi cabeza, madre canta;
cargo sus himnos de cal en la piel
por no poder ahogarme de pequeño
(mamá dijo que se caían con agua).
Si hay algo más grande afuera,
también es más bello y canta
y canta y canta
(y canta
con palabras prestadas); más, en mí,
me quedan los ecos grabados de la piel:
la piel quemada se me cae,
se la comen
-que se la coman las bestias-.
II
Mamá, hay arañas que devoran serpientes,
por favor
no las devores.
Mamá, por favor no las dañes:
van detrás mío y son tristes
-que van detrás mío y son tristes-
(se arrastran siseando).
Los himnos de cal (siempre prestados,
siempre de ustedes);
tus bocas son las fauces,
las baladas más tristes:
—————————–
a tu casa / no todavía, ya casi / y ahogarme.
Mamá, la asfixia es un arte muerto,
por favor no te ahogues/ahorques,
por favor -los himnos de cal
y desaparecer-.
Mamá, por favor no lo cantes.
Mi abuelo dice que el cuerpo es noble
se estira la oreja,
recoge sus canas
de la parte posterior del asiento
como queriendo reconocer algo
que cambió hace poco.
Yo no sé si existe
un ritmo natural que predice
cuándo vamos a caernos,
ni comprendo el dolor de los animales,
tampoco he aprendido a andar a cuatro patas
y aún no sé diferenciar
las plantas aromáticas por su fragancia.
Para este cuerpo todo bien podría ser perfume.
Me gustaría ser capaz de recordar
la textura del asfalto en mis pies a voluntad,
en cualquier parte de mi cuerpo.
Y he aquí mi dilema:
es entonces el raspón
sólo durante un momento preciso
o este dolor puede prolongarse
para definirlo como textura.
Y no,
yo tampoco entiendo
el cambio en el color de la vejez.
No tiene sentido para mí el paso de los días
mi piel no siente ningún cambio,
nomás se me quema el pellejo.
Los cortejos fúnebres siguen un camino
y hacen cierto ruido:
suenan como a un carnaval vacío.
Nadie nunca calló tan rápido
el silencio de otras bocas.
Tu padre le dijo a mi madre
que se mordieran los dedos
para disimular las ansias.
La partera da nueve timbres
con sus manos agrietadas,
las campanas de la iglesia aquí no suenan
y nadie se da cuenta.
Qué triste me pone pensar en que caminarás
sobre la arena caliente del desierto,
pero a ti te gustará caminar y caminar
con los pies agrietados
como las manos de la partera.
Qué bonito dolerán tus palabras escorpión,
el templo en que naciste y los gritos.
Yo tampoco tengo ganas de dañarte en nada,
pero los ojos se me agrietan
como las manos de la partera.
Un perro
me ladra desde la azotea cuando te busco
yo creo que muerde.
Son las doce y otra vez no suenan campanas
pero afuera hay un cortejo fúnebre celebrando tu nacimiento
y todos bailan
-quietos, pero bailan-.
El bullicio se mezcla con el ruido de tu perrito
balbuceo algo que suena a tu nombre,
pero no lo escucho
un nombre como que se ladra
y como que muerde.
Juego parasitosis delirante
en casa de los insectos.
Acá se juega
en el anfiteatro de las palomillas
en la osamenta de los alacranes.
No.
Yo no conozco la caza,
acaso el sabor a la sangre
y el sonido del metal.
La aguja de una avispa atravesando un panteón
se une a los juegos de niños
que no temen a caerse.
Y no son espectadores.
En fin:
Qué ridículo el protagonismo de las mariposas
la belleza de lo delirante.
Daniel Iturria (1997. Bosques de la Victoria, Guadalajara, Jalisco, México). Poeta y copywriter. Licenciado en Letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara (UdeG). Fue becario del Curso de Verano para Jóvenes en Xalapa (Fundación para las Letras Mexicanas y Universidad Veracruzana) y obtuvo el Certamen Arreola Velarde convocado por la UdeG. Su obra aparece en antologías como Fabulaciones, imaginería y libertad (2019) y Ciudad Poema (2024). Actualmente se desempeña en publicidad, donde redacta guiones, espectaculares e infografías.