
No me lo digas todo, no me cuentes
No quiero entre plegarias tu garganta
ni entre quijadas
el hígado enraizado de sus ruegos
No los quiero
No me traigas la luz que me enceguece
No me hagas ese tajo
No me hables de la espalda hasta sacarme el mal
No me tragues la vida
No me dejes la espada entre la voz.
Yo te suplico a ti
No me devastes
Liquidámbar (Mantis Editores, 2017)
El mar se abrió
entre guerras y violetas y mi llanto.
El agua se contuvo en los dos frentes
y se formó un atajo.
Marchó la carne, luego la idea
el pálpito se adelantó a su sombra.
Las palabras vendrían después:
este camino era
cuestión de sangre.
Liquidámbar (Mantis Editores, 2017)
VI
La palabra es una fruta,
es redonda y jugosa
y tiene un hueso duro en el fondo.
La palabra “palabra” abre su cáscara,
se desnuda y enciende entre los labios, el paladar,
la lengua.
Se escucha entonces su pequeño cuerpo
que estalla como el trigo
y los dientes apenas y la tocan
para no lastimarla.
La palabra “fruta” es más carnosa,
la palabra “comerse” tiene, a su vez,
unos pequeños dientes,
la palabra “autofagia” se autofaga,
la palabra “redonda” sale como burbuja
y en el aire explota,
la palabra “explota” me salpica,
la palabra “fondo” tiene su hueso en el fondo,
la palabra “duro” lo hace más corrioso,
la palabra “silencio” se lo traga
o por lo menos lo esconde.
Es la palabra un fruto
que ha suspendido el tiempo
en plena adolescencia.
Está ahí siempre pendiente del árbol del lenguaje
anaranjada y dulce.
Si la tocas con amor, te fecunda.
Es un fruto
pero es también una piedra
dispuesta a seguir siendo piedra.
Estalla pero a la vez se enrosca.
Es el punto y la línea,
la parte y el todo,
el presente que contiene pasado y porvenir,
el núcleo y sus orillas.
La palabra es una forma de mirar
lo que no está,
por ejemplo el paraguas, ese,
o el paisaje de niebla.
Es un engaño para mitigar el dolor
de la despedida que somos.
Fragmento, Obra negra (Editorial Arlequín, 2006)
Poner el sustantivo en un recipiente; ablandarlo con adjetivos suaves y cremosos; cernir los artículos y las preposiciones; añadir un par de metáforas frescas; batir los complementos a punto de turrón para envolver la mezcla; lubricar el molde con más de una vocal para que las consonantes secas no se peguen; vaciar el contenido en un soneto firme; hornearlo al fuego lento del afecto; dejarlos reposar para que la pasión no ceda a la intemperie; servirlo en la mejor tipografía; consumirlo despacio y con deleite como todo lo que ha de desaparecer del plato.
Obra negra (Editorial Arlequín, 2006)
Sobre el comal caliente los círculos se inflan un momento,
son el suspiro de la mujer que les da vida con sus manos
tostadas. A tu mesa llegan las tortillas humeantes, el
alimento milenario que convierte la comida en un ritual. En
tu boca se agitan los maizales, germina la tierra, arde de
nuevo el sol, mientras saboreas el grano que alguna vez fue
sólo de los dioses.
Jugo de naranja (Trilce Ediciones, 2000)
Carmen Villoro (Carmen Villoro (1958. Ciudad de México, México) Poeta, narradora y ensayista. Vive en Guadalajara desde 1985. Estudió Psicología en la Universidad Iberoamericana y se especializó en psicoanálisis. Ha desarrollado labores de divulgación cultural y docencia en la Universidad de Guadalajara, y ha colaborado en suplementos culturales y proyectos radiofónicos. Dirigió la revista Tragaluz entre 2002 y 2006 y actualmente dirige la Biblioteca Iberoamericana “Octavio Paz” de la Universidad de Guadalajara. Entre sus libros se encuentran Jugo de naranja (2000, 2008), Obra negra (2006), Liquidámbar (2017), El habitante (2019) y Zurcido invisible (2023). Su obra ha sido incluida en antologías de México y el extranjero. Fue integrante del Sistema Nacional de Creadores de Arte entre 2000 y 2004. Ha recibido el Premio de Ensayo de la FILIJ (1993), el Premio Jalisco en Letras (2016) y el Premio Internacional Hugo Gutiérrez Vega a las Humanidades (2018), entre otras distinciones.