
1) Algunos estudios señalan
que ciertos poemas
provocan más lágrimas
que las cebollas
y los corazones rotos.
2) Cuando se lee
un poema
en la oscuridad
cada palabra
se vuelve
una luciérnaga.
3) Los poemas
sólo se alimentan de ideas,
emociones, chocolates amargos
y cosas que tal vez no existen.
Palabras como de otro mundo (Alas y raíces, 2021)
En el umbral de la iglesia una mujer de otoño
cabello ceniza
mirada de castaños secos
labios deshojándose
con el rumor de la mañana
parece una sombra deformada niña bajo el sol
oracionando sola en silencio con los ojos de rodillas
con su boca llena de polillas besa los fantasmas de la fe
con su corazón blando masticado por los días
la mujer reza en retazos
hecha pedazos como un cuerpo que se desnuda
frente a un espejo roto.
Oh escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.
César Vallejo
Si digo que tu cuerpo yace conmigo
—en el volumen de la ausencia,
en la circunferencia del hálito nocturno,
en la transparencia de un fantasma
de espaldas al amanecer—
es porque te busco a ciegas
como una luz de carne y hueso.
Hoy sólo tengo el sustantivo que te nombra
recostada en la cama y en mitad del mundo,
desembocada por mis cuatro costados
eres imagen y semejanza de la noche
que a besos —que a rezos— le doy forma
de tu piel, cada centígrado que conforma el calor
que haces, la lluvia que bebo
desde lo más bajo,
tu olor a tierra mojada.
Con morder el aire que te afirma entre mis dientes
me arrojo tras tu canto
en este mar revuelto de sábanas,
hundo el ansiedad y las uñas
en tu cuerpo oculto bajo los párpados
y —cuesta abajo— mis ejércitos de lentas caricias
se retiran hacia la entrepierna, el mayor de los manicomios.
Ya de tanto llamarte
mi boca está en llamas,
se llena de sed ensimismada,
de la humedad anegada en ti misma,
de esta oscuridad que lamo entre tus muslos
abiertos desde qué lugar lejano,
evocados entre cuánto olvido.
Ante la distancia y la hora insalvable
sólo queda encallar mi voz contra tus labios callados
—verticalmente desbordados en el delirio—
cuando mi única palabra
es tu nombre que desnudo
con el filo de la lengua.
el único retrato tuyo que tengo ahora es esta oscuridad
José Carlos Becerra
Mamá era una familia de cuatro letras,
una palabra como amor
esbozándose cada que nos miraba
con sus ojos de panza de luciérnaga,
cada que abría de un tajo la luz
abrazándonos contra la noche,
abrasándonos contra el frío
con su mirada donde había dos mundos de ternura,
sueños frágiles como mariposas que pronto caían
para ser aplastadas por nuestros pasos mal encaminados.
Hijos, no tenemos mucho pero nos tenemos
nos decía después de un divorcio,
de arrancarse el grito con una sonrisa,
de querer calmar la furia de los días
que la arrastraban sola
porque mis hermanos y yo no conocíamos el desamparo,
no sabíamos en qué consistía esto de ir muriendo,
porque nosotros sólo jalábamos las barbas del tiempo
y nuestro oficio era la infancia,
mientras mamá sentía la pobreza
como el infierno donde metía las manos
para calentarnos con la más pura de las llamas
hasta que una esperanza apareciera
con forma de hombre y padre,
hasta sentirse desgastada por tanto aire
que corría sin sentido
cada mañana con sus noches encima,
cada noche con sus niños encima
pidiéndonos que dulcemente la besáramos
para saber si podía endulzar un poco
su tanta angustia.
Hoy sé que de algún modo mamá deseaba que el tiempo
como un río de pájaros nos llevara al fondo del cielo
porque no soportaba la gravedad de tenernos en tierra,
porque sentía por el destino
el mismo odio de una mujer mal amada,
pero su dolor siempre lo escondió bajo la carne
y mucho fue lo que cavó en su piel
que toda soledad llenó su cuerpo de vacío
hasta que por ese abismo abierto
se fue tanto la luz
como la vida.
Hoy mamá no es más que una lámpara apagada
en un rincón cercano a la noche.
Los poemas de la noche insomne (Puertabierta editores, 2017)
Cuando se cansaba de la programación
que veía a través de las ventanas
la televisión perdía el control.
Se le cruzaban los cables,
se apagaba como una persona triste
y se le olvidaba
cómo encender otra vez.
En una ocasión la salvamos
de encenderse con fuego.
Desde entonces le ponemos los ojos encima,
la escuchamos aunque baje o suba
el volumen de su voz
y cuidamos de que no se aleje de la luz.
Han pasado algunos años
y la televisión ha cambiado lo suficiente:
se le cayeron las antenas,
creció y adelgazó mucho.
Ahora se ve mejor.
20 poemas para construir una casa (FOEM, 2018)
Alejandro von Düben (1988. Barrio del Carmen, Chapala, Jalisco, México). Poeta y narrador. Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Francisco González León (2015), el Premio Internacional de Poesía Infantil FOEM (2017), el Premio Nacional de Novela Juvenil Universo de Letras (2022), el Premio Internacional de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco (2023) y el Premio de Literatura Hugo Gutiérrez Vega (2024), entre otros. Es autor de Dar a luz (2017), Los poemas de la noche insomne (2017), 20 poemas para construir una casa (2018), Palabras como de otro mundo (2022), Clara como un fantasma (2022) y En todo cuerpo hay vacío (2023). Radica en Puebla.