Virginia Leyva. Foto: Miguel Asa
Virginia Leyva
Guadalajara, Jalisco, México

….S e g u n d e r o….

¿Cómo fue que se fue
si lo tenía?
Era tanto y podía usarse de a poco
pausar cuando unos ojos se me extraviaran dentro
andarme a ritmo lento bailando entre azoteas
divagar con libélulas translúcidas
que puedan
durar toda la noche.

Dormité bajo soles eternos tras del alba
que era tenue y tan larga que no supe medirla.
Me atuve a la infinita ilusión de lo que viene
a dejar para el viernes
lo mejor de los días
a posponer la estricta persecución del sueño
a crecer
con los huesos tan sólidos y rectos
que aguanten el proceso de las desilusiones.

Sonaron los redobles
cuando no estaba cerca.
Madrugué por la senda difícil que tenía
mejor vista de luna.
Me llovieron las dudas
por mil noches y media.

Fui por gusto incorrecta
en transcursos atroces
me detuve en el roce gozoso de los cantos
que alcanzaron el río.
Rebobiné el latido del vientre descendiendo
al túnel del principio.
Puse el alma en un hilo muy fino de esperanza
fracasé en la templanza de sabia encanecida:
aún sigo enardecida
y sé poco más que nada.

Las décadas se ponen nostálgicas y corren
a contarse mentiras.
En cada despedida hubo buenas razones;
siguieron los relojes su tránsito implacable.

Me hice vieja en el viaje a logar lo que añoro.
Alcancé buenos coros de grillos
y el oído
inmaterial del viento.

Carecí de talento para lo indispensable.
La voluntad fue clave
de sol
en cada intento.

No quiero que parezca que sé de qué se trata…
el tiempo se me escapa refutando respuestas.

No entendí tantas cosas tan obvias de mi época.
Pasé sin que me vieran
tampoco
lo importante.
Fui sumamente buena en lo que no interesa
mi profunda experiencia
fue abiertamente inútil.

La rabia de las flores (Buenos Aires Poetry, 2025)

Farolitos

Habremos de ocultarles la verdad a los otros
mentirles a los ojos
con flojos argumentos
abrigarles el miedo que cala hasta los huesos
mostrar el lado bueno
del pozo
¿Y los deseos?
A obscuras, sin empeño
de hacerse realidades.

Diremos lo que guarde la flama
cuando el viento
traiga rabia en alientos de cien llantos por hora;
kilómetros de sombras en un metro de cielo
donde el sol se hace hueco
de nuevo
a la mañana.

Pondremos la esperanza, con agua, en un florero;
seis cubitos de hielo que duren mientras vemos
las cuerdas estirarse
el sueño despertarse
con mal presentimiento.

Todo es siempre un intento
con riesgo de fracaso.
Sin alas en los brazos ni fuerza de titanes
con la existencia frágil
fugaz, de poco aliento
presenciamos el vuelo tenaz de parvadas.

Aquí no pasa nada que pueda resolverse
guardándose en dobleces al fondo del armario.

La paz viene sorteando retenes del camino…
Si la matan
los niños, los otros, los que empiezan
crecerán con tristeza
verán cómo se alejan las estrellas fugaces
ajenas
incapaces de entender sus anhelos.

Qué pena, los más tiernos, entre tanta maleza…

Tropezarán con piedras que ya nos dislocaron
los egos
a nosotros
que andábamos tan alto.
¿Esquivarán sus juegos las balas que lanzamos
los niños de otro tiempo?

Y si ya no creemos que exista la justicia
la equidad, la empatía
ni el ratón de los dientes
¿cómo habremos de hacerles pensar a los siguientes
que el futuro se advierte
feliz y esplendoroso?

Ojalá que los chicos encuentren sus tesoros
que rescaten del lodo las caudas de cometas.
Que bailen en la acera
tranquila
donde puedan florecer las galeanas.

Ojalá que las ganas perduren cuando cesen
de cantar los boyeros;
que quieran ser los buenos
los justos, los decentes.
Un mundo y tanta gente con tantos desconsuelos.

No vendrán los que fueron
ni son los que serían
cuando nos parecía sencilla la existencia.
Hoy tenemos por ciertas las malaventuranzas
y la dulzura amarga
de criar
entre tragedias.

La rabia de las flores (Buenos Aires Poetry, 2025)

Despedidas

Qué tontería pensar que era importante
lo que tanto dolía
lo que fue de pasada, lo dulce
lo indecible
lo extraño de sentirle los lados interiores
a otras
a mí misma
con mala sincronía gran parte de las veces.

Fue y se fue
como lo cierto
con sus trazas de mentira
relatos que se terminan con toda clase de estragos;
razones que se me olvidan
heridas que se sanaron con tiempo
entre los espacios.

Fui también un arrebato
que amaneció con jaqueca
ilusión pasajera con poca perspectiva.

Amar a medias tintas
fue, a veces, suficiente.
Esperé y me esperaron
en los áridos tramos donde pierde la gente
la noción de sí misma.

Me armé con las astillas
las puntas que en la fuente de tinta
se consuelan.
Escribir lo que fuera
fue el trago del alivio.

Y ahora que respiro los fulgores de ocaso
menos pesan los pasos errados
los tortuosos.
El llanto hoy cae al fondo de un pozo más profundo.
Perder la fe en el mundo
fue la peor despedida.

La rabia de las flores (Buenos Aires Poetry, 2025)

Monstruos y cosas de niños

De noche no hay taconeo que disimule los gritos;
aúllan los perros mestizos,
chillan los niños abandonados
miedosos de las sombras que les lanzan mordidas.

De noche no hay colores que encandilen a los monstruos
ni olor de almuerzo instantáneo
que sosiegue el atracón de nombres
que nadie aprenderá a escribir.

Los monstruos de Los Cobijados se simulan en el armario,
debajo de la cama,
tienen rostros y ojos y antenas pluriformes
que a veces amenazan, pero jamás lastiman.

Y Los Solos, con pijamas de noticias resabidas y rotas
saltan entre cacharros del mundo diurno,
reptando en puntillas para no activar
el radar de los espantos,
los que nada más tienen dos brazos,
sin antenas, dos ojos…
los que sujetan y quiebran,
los que amoratan la lágrima y le niegan el significado,
los que empujan la miseria y atrancan la queja
para que no salga íntegra
para que nadie la comprenda.

Los Solos son tan pequeños
que jamás aparecen si llegan a extraviarse.
Se mencionan por centenas en los distantes discursos,
se hacen más y más chicos conforme pasan los años,
decrecen en sus escondrijos donde nadie los encuentra,
además de los sustos.

La noche no tiene frazadas para los niños desnudos;
no tiene nanas para endulzar
el carraspeo de un monstruo tras la nuca.

No hay sorbo de leche tibia para el labio reventado,
la boca sangra, muda para quejarse,
porque Los Solos están solos
y los monstruos no existen.

Lingüística para caídos (Ediciones el viaje, 2019)
 

Biografía

Nací piedra y fui pisada,
desvié el cauce de un estero
y nada más.

Nací larva a la orilla de un estanque,
alimento de renacuajos, atisbos de vida
y nada más.

Nací insecto, recaudador de sangre,
zumbido de clima tropical, mártir de una palmada
y nada más.

Nací ardilla, tuve guarida, madre y tiempo
para trepar árboles, rascar cortezas, guardar bellotas
topar al depredador
y nada más.
Nací búfalo, peregrino en las sequías
en inmenso grupo, sin ser uno sino parte;
probé la hiedra hundida del invierno
y el forraje prolijo de las praderas lluviosas.
Troté en el ritmo
intrínsecamente conocido por la especie
en huida de las fauces de las leonas
y nada más.

Nací perro de una madre atada a una bodega,
fui arrancado de la teta pródiga y puesto en vitrina,
tuvo precio mi cuerpo y dueño mi existencia,
reconocí la azotea de una casa como hogar
y amé la mano que, casi a diario, proveía mi alimento,
hasta que olvidó hacerlo
y nada más.

Nací humano, tuve padre, madre, religión y patria,
tiré desperdicios a los estanques,
aplasté de una palmada a millones de insectos,
correteé y apedreé ardillas en mis juegos de infancia,
me serví en el buffet cadáveres de ciervo, búfalo, cordero
y degusté carne, huesos, piel de decenas de especies
cada día en mi mesa.
Compré un perro, olvidé alimentarlo
y pudrí con sus restos un arroyo cercano;
compré gatos, aves, peces, hurones,
los amé un par de días, los olvidé después
y los suplí con otros simples juguetes mecánicos.

Fui todas las cosas y seres del planeta,
pasé del estatismo a la movilidad del coro,
a la individualidad sometida,
a la independencia de especie y sumisión costumbrista.
Fui todo y entendí
la precesión de estratos de consciencia
pero al llegar a ser humano,
sufrí amnesia de la noción de conjunto,
del natural equilibrio en que respira el planeta,
me desprendí de la cadena de la vida
y formé parte de un grupo subversivo de la ley natural.

Fui humano y olvidé la razón del ser.

Los ojos no bastan para discernir la negrura (Editorial Temacilli, 2013)

Virginia Leyva (1981. Loma Bonita, Zapopan, Jalisco, México) Poeta y narradora. Licenciada en Letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara, con estudios de maestría en Apreciación y creación literaria (IEU Puebla, en línea) y del diplomado en Creación literaria de la SOGEM Guadalajara. Es autora de los poemarios Los ojos no bastan para discernir la negrura (2013), Lingüística para caídos (2019) y La rabia de las flores (2025), así como del libro de cuentos Gente cretina (2017). Su obra ha sido incluida en diversas antologías y traducida al inglés en Spoon River Poetry Review, Latin American Literary Review y Killing the Buddha.