
Y Felipe recordó
los oficios que hizo
en su paso por Tijuana y Mexicali
mientras me preguntaba cómo era
el desierto de Atacama.
Las veces que atravesó El Paso
en un camión de doble fondo
y se escondió en Sunland Park
en un avión rojo del Western Playland
y cruzó borracho Tucson
junto a troppe de payasos
colgado de un camión
con perros galgos amaestrados
a cuáles les dio de comer
para llegar a Phoenix y de ahí
a las bodegas de Arizona
donde trabajó descargando contenedores
y adelgazó treinta kilos
en medio de los
cuarenta y cinco grados a la sombra
con hombres negros
que lo maltrataban
por tener los ojos de color azul
como los salares del desierto de Atacama.
Imagino y le digo
que el desierto de Atacama
tiene dos ojos salados
completamente azules
incrustados en el rostro
en la cara profunda de la tierra
y ambos quedamos en silencio
intentando poner en valor las posibilidades
de teñir de lenguaje azul
imaginariamente los mapas.
Zona de sacrificios (ManoFalsa, 2025)
Tú te preguntas cuánto podrá durar esto,
tu nombre, tu nombre de pila,
ambas sílabas,
y tu corazón se detiene.
Raymond Carver
La vecina grita el nombre del vecino;
mi corazón se detiene de miedo.
Después de un segundo, continúo escribiendo.
Ella vuelve a gritar.
Me pregunto cuánto tiempo podrá durar esto.
El nombre de pila del vecino es gritado
con vehemencia por la garganta de la vecina,
con todas sus sílabas y tildes.
El vecino dice “aaagg” fuerte, muy fuerte,
y mi corazón parece detenerse,
pero es solo una idea mía: es el miedo.
Me pregunto cuánto tiempo podrá durar esto.
Cuelgo mi oreja en la pared
como el marco de una pintura barata.
El nombre que los padres de mi vecino eligieron
meses antes de que naciera es gritado con furia,
con todos sus caracteres tecleados en el aire
por un fantasma que desaparece con la lengua
de ella y de él. Descuelgo la oreja de la pared
y continúo escribiendo este poema,
el vecino dice “aaagg” fuerte, muy fuerte.
Siempre quise escribir un poema
que llevara por título Robert Desnos,
o que su nombre apareciera en una línea
como aparecen las calles en los letreros de esquinas
cuando uno anda perdido en medio de la metrópoli.
Porque así imagino el nombre de esta persona:
escrito en una placa negra con letras blancas,
en intersección exacta con un célebre humano
desprovisto de verdad histórica.
Nunca supe quién era Robert Desnos;
incluso escribí su nombre al inicio con una S de más
y a su apellido lo violenté en reiteradas ocasiones:
tildando la O sin asco y sin S al final,
intentando domesticar unos cuantos versos antes
del poema, éste.
Su nombre y apellido suman seis letras cada uno,
es perfecto para establecer poemas métricos de fácil uso
ya que inicia y termina con una consonante limpia y sonora.
La S en DES hace que su sonido
tenga la imposibilidad de creer que,
tras de este apellido,
exista un humano que cruelmente baila
al sonido de la lengua enroscada tras los dientes;
y NOS ilustra que una teoría europea no tiene sujeto.
A Robert Desnos lo imagino
como un galán del cine norteamericano,
como esos jóvenes actores europeos
que triunfan en las faldas de Hollywood
a eso de los cincuenta del siglo XX.
Siempre lo vi con un sombrero estilo Fedora
y traje color gris perfecto,
ideal para ser odiado por narradores
que no ven en él un buen personaje para la trama
y el desenlace de la novela corta de estos tiempos.
Robert Desnos suena bien en el poema;
es más, creo que todo poema
debería llevar el apellido Desnos
en la parte inicial de los textos
y Robert en la medianía y final,
incluso como verbo descollando,
inhabilitando el proceso del editor,
rematando, hasta morir en el suelo,
saltando, rompiéndose.
Todo poema debería llevar
versos incesantes diciendo:
Robert Desnos, Robert Desnos,
a gemidos, a gritos,
a vítores, a susurros.
Robert Desnos, Robert Desnos,
rimados asonante y no;
para no dormir de pie
como un pobre cuerpo
en medio de lo salvaje.
A Laura Antonelli y Alessandro Momo.
extendiendo viejas películas al sol,
desenrollando films
desde sus cajas de latón,
intentando ver pequeñas escenas
“pornos” a contraluz.
Buscábamos el sexo de las señoritas
bajo el quiebre y los daños del filme,
rayas en el celuloide, pequeños cortes,
puñaladas intensas,
arreboles en un clavel rojo.
Extendido en el suelo,
en nuestras manos,
el film sobre el sol,
como la ropa que las madres
suelen tender en las ideas,
antes de lavar.
La luz nos hacía tapar un ojo con la mano,
mientras algunos reían ridículos,
simulando ser piratas.
Y dábamos vuelta los films,
curiosos, riendo, jugando,
intentando ver las penetraciones
de los jóvenes eslavos en el cine,
que rodaba por nuestra imaginación.
La naturaleza toda,
brillaba en la pupila
y nosotros con hambre de sexualizarnos,
sobre los microfilms y su luz dispersada.
Más pobres que las ratas,
escudriñábamos la basura del barrio,
imaginando a quiénes pertenecían
ciertas maletas, cajas, cintas.
Hacíamos memoria de los solteros,
de las cincuentonas recién casadas
con abusadores jóvenes del vecindario
y nada, nada nos remitía una señal.
Abríamos cajones intentando encontrar dueños
y solo encontrábamos un corazón,
el nuestro, con pequeñas alegrías,
cuando leíamos en diminutos papeles,
que apenas se sostenían
en las latas de la película:
Malizia, 1973
Laura Antonelli y Alessandro Momo
35mm. Exa-Madrid-Estudios.
La buscábamos desnuda en la cinta
y no podíamos con nuestras alegrías,
con las ansias que se arrancaban por la boca.
Inventario (Mago Editores, 2019)
La patria es un dolor,
que nuestros ojos no aprenden a llorar.
Leopoldo Marechal
Nos entregaron un templo / que en caso de emergencia
/ se reconstruiría en tres días / donde se podrían rasgar
las cortinas/ y nadie nos colocaría saliva en los párpados
/ para ver las ruinas ondeadas por el viento /, pero no
fue así /nos dieron un templo casi hundido/ una patria
/ un territorio al que debimos llamar nación / un mar
que encontró la simetría/ un valle / una cordillera roja /
que se desgrana hacia las calles/ una convulsión entre la
arena y el pavimento / y fuimos vistos/ como monstruos
invisibles tendidos al sol / breves humanos devorándonos
los brazos/ depredadores rozándose sin querer / con las
manos frotándose las babas de la boca/ con el rostro
relegado en un rincón del río / con el cuerpo ocupado
por otros cuerpos y / con los ojos enterrados en un lugar
del patio / nos trataron como piedras para edificar la
casa de un dios / como trozos de carne en los pilares de
una tienda/ Nuestra tierra/ se quedó en los puños de la
camisa escolar / nadie nos preguntó/ dónde queríamos ir/
nos asignaron una patria / un lugar donde sobrevivir / un
lugar donde enterrar a otro / con los mismos gestos que
veo en ti.
La patria asignada (Cuarto propio, 2011)
Víctor Munita Fritis (1980. Santa Elvira, Copiapó, Atacama Chile). Poeta, escritor e investigador en historia. Ha incursionado en teatro, radio y televisión. Ha participado en ferias y encuentros literarios en España, México, Perú, Francia y Bélgica, con presentaciones en el Palacio de Bellas Artes y el Congreso Nacional de México. Autor de México, Paisaje de Copiapó (2021), Libro de Asistencia (2024), Yo, entre todas las mujeres (2010, 2013, 2020) y Un síndrome mesiánico y otras fuentes documentales de Franco Romero Román (2024), entre otros títulos. Ha recibido la Beca de Creación literaria de Chile (2017, 2024), la Beca de Narrativa breve por la Secretaria de Cultura del Estado de Jalisco (2023), el Premio al Mejor libro de poesía de fútbol chileno de la Fundación IHE (2018) y la Medalla Pedro León Gallo del Gobierno Regional (2023).