
Y mi cuerpo que ha sido tuyo,
será metáfora de cueva, de casa, de hogar y patria del amor,
que sigiloso con su compás de tiempo acompaña los siglos
y de caricias hace su residencia,
y en la memoria del tacto de tus manos y de mi piel
se sirve para la visión de una mansión sagrada,
donde la cabeza cubierta de cabellos habla y dice:
yo soy el techo de tu nombre y su tautología,
tus letras decoran el ábside con sonidos de mar y miel.
Y el rostro, mi cara, dice: yo soy lo profundo en la superficie,
aporía de tus ojos que me miran,
un lago donde el recuerdo se aclara.
Y mi centro dice: soy tu sendero y la luz que lo ilumina,
conductor de la ira y la ternura,
paradoja del tiempo en que reclamas mi cuerpo como el tuyo.
Soy tú, eres yo, un arco de color de trigo que completa su sonrisa solo en tu lugar.
Y los brazos y las piernas dicen: nosotros somos el pueblo,
la vegetación y su impulso por fecundar el amor en tus abrazos,
cañada que camina segura hacia el precipicio,
como antítesis de sus semillas con la intención de beberse el mar,
para tomar también de ti toda tu agua, y elevarse y volverse universal.
Y mis ojos bajo tus labios repiten: yo soy la sed eterna y el agua viva,
hambre y alimento, oxímoron que sólo el que ha amado en la verdad conoce.
Y una de mis manos dice: yo soy también un ángel,
pues mi mensaje lleva cifrado tu caricia.
Y mi dedo índice sorteando la luz llega hasta ti y en silencio te repite:
soy el misterio de ser uno en muchos
y en el borde de tus labios guardo mi nombre junto a lo ausente.
Y las plantas de mis pies susurran: somos dos golondrinas
que acunan tu futuro junto al mío.
Y mi espalda dice: yo soy la estiba de cielo
y en ti recuesto la luminosa carga de estar siempre abierto.
Y mi pecho te alienta a venir hacia mí todos los días diciendo:
yo soy tu mesa servida al mediodía
y al atardecer sigo madurando los suaves frutos de la dulzura.
Y el vientre dice: yo soy tu centro y en mí se resuelve el vértigo
porque desato los lazos de tu cordura
y con ellos tejo una manta para cubrir tus sueños del frío.
Y como cada ladrillo de una casa las gotas que suman el torrente de mi sangre
formarán un canto que pueda ser un himno para tu libertad
Y nuestra casa será todo tiempo no nacido: la esperanza.
Desde el páramo abre la mirada un ojo dividido,
una plegaria se escucha.
Escucha un eco terrenal
ritmo – rito inválido de trotar de bestias
descendiendo eras desérticas,
atropellar de sombras líquidas,
llanto lunático de hembras sin senos,
y en el lugar de su cordura
el pelambre leal del lobo a la caricia.
Ramo de ojos en movimiento salvaje
y doblegado al capricho de la luna,
labios del olvido,
hálito tibio insufla el instinto natural de la ceguera,
cuerpo salvaje en procesión menguante
oferta en sangre a la raza única,
esquiva del nacimiento.
Marcha indoblegable de rodillas unidas al vientre,
rodar de codos asestando en el espacio,
caderas y sexos cediéndose a la huída.
Prófugos del inveterado edén,
prisioneros del latido lunar,
lobo y mujer.
Siempre te vi por el rabillo del ojo,
me acercaba al río todas las tardes a espiar tu cadáver,
anhelaba tu muerte por ser una muerte bella,
deseaba ser tú por tu belleza estática e inmortal.
Habiendo arrojado al mundo a su suerte como a un precipicio
-esta fue la inversión de tu suicidio-
Recuerdo -eso sí recuerdo- cuando Demetrio arrojó
la piedra de la historia al barranco
y con palabras sentenció su caída sin fin:
-Mira esa piedra, ya no se para- dijo,
maldiciendo a nuestra historia rota y ensangrentada
a seguir abriendo la rotura con sangre
como el hocico oscuro de la fiera Coatlicue que nos deglute
en su oscuro pozo y nos va desapareciendo a todos,
uno por uno, arrojados al barranco de la oscuridad
que viola el rito fúnebre
y no puede, por eso, cerrar ya el broche del ciclo para el renacimiento.
No, nadie vuelve de la desaparición intacto, nadie.
Formamos ahora una patria solo en la memoria de un tendedero de pañuelos bordados con hilo de sangre de todos los nombres desaparecidos.
Ellos no Ofelia, no están guardados en sus cuerpos muertos como tú en una caja de cristal.
Eres para nosotros esa Blancanieves que no está muerta,
solo dormida, hechizada por el mal supuesto y necesario
en todo cuento de hadas.
Ahora, aquí, el mal no es necesario, créeme, nunca ha sido necesario, solo perverso e ingente.
Eso eres Ofelia un hada muerta,
cuya mágica fascinación reside en permanecer bella,
rodeada de flores dentro de tu cuerpo incorruptible,
como la esperanza, inmortal como el cuadro de Millais.
Te arrojaste al río, no para morir, sino para que el mundo muriera,
y te quedas ahí, sigilosa cadáver de vitrina,
decorada con hierbas aromáticas que ahuyentan tu podredumbre.
Aquí voy de nuevo a verte Ofelia, solo de pasadita
y un poco como espía, disimulando que no te advierto,
como si fueras ya parte integrada de los lirios que flotan en el río.
Lo hago así para no romper tu encanto,
no quiero detenerme a mirarte,
no quiero descubrir a los gusanos,
no quiero saberte como una muerta intrusa en el paisaje,
no quiero llamar a la policía, a la ambulancia, a la SEMEFO.
No quiero que extirpen tu cuerpo del río,
quiero que sigas bella, con tu cadáver como trofeo de lo inmortal, repudiando la caducidad del mundo
y su enajenación y su venganza y su locura,
no quiero que dejes de morir Ofelia,
porque tendría que mirar al precipicio de la historia
donde me despeño sin saber qué hacer.
Llevas en el pecho furibundo un gigante mal encajado y mudo
que absorto mira el mundo
que me mira absorto,
mientras su estatura desborda su silencio.
¿Cómo acomodar sus brazos en tu pequeño pecho?
Hay que extirparle al menos la mirada
incomprendida del misterio.
Este gigante pesa y te tira de bruces contra la tierra,
te transfigura en túmulo,
en monte que palpita adentro como mi pecho
la espesura de toda vida arrancada al viento.
Y entonces se queda como estaca inmóvil,
detenido, orondo, alzado sin más,
como una seña opaca, ineludible, autoritaria,
allanando con su filo la geometría y la lógica del mundo,
plantado como eje vertical y mudo.
En tanto que tú pegas la boca al suelo
y tus ojos abiertos solo ven la tierra oscura y negro.
Infame gigante que se levanta de tu pecho,
sin proporción, sin límite, sin vergüenza.
Y se queda solo,
y sigue mudo
y no pide nada y lo tiene todo:
el viento partido en su daga derrota la vida y el tiempo.
Estaca, menhir, obelisco,
primer vertical del horizonte:
me quedo aquí,
estoy contigo y te leo un poema,
tú que estás bajo la tierra.
Hagamos del menhir un dolmen Gigante
y de la estaca un andamio
para pintar la cúpula del universo.
Y en los confines,
aquí tan cerca hallar tu corazón
y salvarme de tu ausencia.
Y así fui un ángel sin caireles y una tumba.
El pozo negro del vicio de pensar la nada,
atrapada en el segundo previo a la alborada,
eterna palabra gimiente y derrotada.
Por eso, busco a la otra,
a la que escapa en bicicleta con el cabello al aire
y sale a bailar en la madrugada,
antes que los dictados del día
descompongan la canción de su libertad.
Pero al fin, quise dejar de ser ella
y es este el momento
en que me doy cuenta
que he perseguido una sombra por cien mil universos,
y mi mente agotada
y mi cuerpo desierto
han cedido por fin al eterno castigo
de ser yo uno solo
de ser yo y yo mismo.
Y romper el hechizo y la magia
de querer yo ser otra en su piel y destino.
Y agobiada del todo,
derrotada y sin tino,
no me queda más que volver a mi sitio
y mirarme de frente y asumirme completa,
con mi odio a mí misma,
con mis ansias despiertas
y el dolor colocado en la sombra anhelada
que se vive y se encaja, como púas en llamas.
Y mi ser delirante queriendo quemarse,
se agrieta y se rompe encajado en la nada
y mis ojos salvajes despiadados se enfrentan
a mi mente callada,
a mi cuerpo abultado
y se miran entre ellos
y se ven
y se abrazan.
Sofía Acosta (1976. Arcos Vallarta, Guadalajara, Jalisco, México). Actriz, directora de teatro y poeta. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Guadalajara (UdeG), maestra en Historia del Arte por la Universidad de La Habana y doctora en Ciencias Sociales con especialidad en Antropología Cultural por la UdeG. Fundadora de Poéticas Creativas y autora del poemario Tristán y Tristana (STAUDG). Imparte cátedra en Historia del Arte, Estética y Crítica de Arte. Ha colaborado en Filosofía en el Fondo, Filosofía para todos. Es miembro del Laboratorio de Narrativas Divergentes A.C. y colabora en Proyecto Intersex.