Daniela Ruelas. Foto: Miguel Asa
Daniela Ruelas
Puerto Vallarta, Jalisco, México

Poema sin sombra

Es un juego de las traes.
            Llega la ola y estira su mano
                           que, antes azul, se hace blanca
                                         y traslúcida. Se estira y estrecha
                           para tocar los pies. Son más rápidos
             los dedos. Corren de regreso.
El mar se vuelve. Toma viada.
             Se impulsa cuando ve que las uñas
                            vuelven a tocar la orilla. La niña
                                         corre pero no puede, no quiere, ganar.
                            Los tobillos en alerta como atleta en sus marcas.
              El mar se aleja. La niña lo sigue;
regresa cuando nota que quiere romperse.
              El mar no se rompe. Regurgita
                            una sonrisa. Vuelve a su valle y respira
                                         para esperar la serie que sigue.

En la sombra

A veces la sombra bajo una palmera
es mejor compañía que la orilla del mar.
La palma no abre la boca como cresta
de ola que suelta una carcajada
con el sonido de las piedras sueltas
que se columpian sobre la arena.
¿De qué se ríe la playa si,
como tú, moja todo
lo que entra a su garganta
y lo vuelve a escupir?
Bajo la palma, el sol solo puede
tocarte si, como tu madre, primero
se desviste de su optimismo amarillo
y conversa contigo como realmente
es: un arcoíris tinto y exhausto
al que se le acaba el día. ¿De qué sirve
la belleza de los atardeceres
si, como tú, solo existen
al lado de la oscuridad?

Tu madre

No tenía alas
tenía una jerga vieja
que fue camiseta
azul marino antes
de que el sudor
y el polvo hicieran
un trapo celeste.

Tu madre no tuvo alas,
es decir, opciones. No podía
elegir entre algo nocturno,
delgado, deportivo o protector.

Solo tenía un bulto
que le rozaba los labios
hasta hacerlos más carmesí
que el carmesí del carmesí.
el carmesí del carmesí.

Tu madre no podía comer
sandía, ni limón. No podía
nadar, ni brincar en público.

Tu madre no tenía alas
tenía un padrenuestro
que exhalaba los siete días
seguidos. Ella esperaba

a que todos los hombres
de su casa se durmieran
para salir al patio y lavar
el esputo lacre
que dejaron sus labios.

Tu madre no te supo explicar
la diferencia entre tu útero
y tu vagina. Ni describir la textura
del moco cervical saludable.

No tuvo alas
pero sí logró crearlas
con cada tecito y aquel
compra los Kótex que te gusten,
recuéstate un ratito y
yo también me ponía así.

Tu madre tenía que ser mujer
sin dejar rastro de serlo. Recuerda

que si te manchas y alguien se ríe
le dices: tu madre,

y la mía
y la de todos nosotros.

Mi hermana

Me patea tan duro que caigo al suelo con el hombro.
Se aparece vestida de bruja y quedo asustada treinta años.
Dice que puedo preguntarle cualquier cosa sobre mi cuerpo y al pronunciar “clítoris” empieza a
llorar.
Limpia todo el vómito de mi cuerpo cuando me desmayo.
Pasa por tacos de birria si estoy a punto de convulsionarme por dengue.
Va a casa de mi tía para verme a escondidas.
Susurra más vale aquí bailó que aquí quedó al preguntarle qué hago si estoy embarazada.
Me recibe seis semanas en su casa para que escriba mi novela.
Me saca de nuestro cuarto y lo hace su cuarto.
Limpia todo el vómito de mi cuerpo cuando me desmayo.
Me da una tarjeta de regalo para que en la maestría no me falte café.
Deja que su amiga me quite del asiento de copiloto.
Me llama melolenga por hacer estallar el microondas.
Pica toda la verdura para casi todos mis cumpleaños.
Me apuñala “accidentalmente” en la mano.
Manda a la chingada a alguien nomás porque yo lo mandé primero.
Dice que sus amigos están tomando tejuino pero son micheladas.
Limpia todo el vómito de mi cuerpo cuando me desmayo.
Me lleva a tres hospitales en crisis de pandemia para que alguien me atienda.
Jura que los libros que yo había comprado son suyos hasta que me entra la duda.
Siente bonito cuando su hija me dice mamá.
Me hace prometerle que no me volveré a cortar así el cabello.
Limpia todo el vómito de mi cuerpo cuando me desmayo.
Limpia todo el vómito de mi cuerpo cuando me desmayo.
Limpia todo el vómito de mi cuerpo cuando me desmayo.

Cinco hechos sobre el oleaje

Uno. Se forma a kilómetros de distancia.
El agua a medio Pacífico
desconoce la forma que toma
el potencial de su energía
setecientas generaciones de olas después.

Dos. Es culpa del viento y también del sol.
El sol cambia la temperatura,
lo cual crea una corriente de aire
que toca el mar, que crea una onda,
que se hace una ola, que se hace una ola,
que se hace una ola que revienta en la playa
y el último eslabón, el grano de arena,
olvida que viene del sol.

Tres. Se mide en kilojoules.
Una ola de cinco mil kilojoules
es la energía equivalente
que ingerirá un adulto a dieta
para bajar de peso. Un oleaje
de esta energía puede causar
la muerte. En ambos casos,
el adulto y el oleaje llegan
a este punto por la ola y la ola
y la onda y el aire y el sol
que vienen arrastrando
de toda la vida.

Cuatro. Las olas se forman en series
para conservar energía.
A diferencia de las personas,
las olas saben que si no van
en grupo, no llegan lejos.

Cinco. Muere en la costa.
Y por esto, envidias al oleaje
pues sabe exactamente dónde dará
su último aliento y tú
no encuentras el tuyo
y se te olvida
que vienes
del sol.

Daniela Ruelas (1988. Valentín Gómez Farías, Puerto Vallarta, Jalisco, México). Narradora y poeta. Licenciada en Letras hispánicas y maestra en Creación literaria. Es autora de Los anillos, novela ganadora del concurso de Crisálida Ediciones (2020). Su obra figura en la Segunda antología de Escritoras Mexicanas (2019) y ha impartido talleres de escritura creativa en diversos espacios culturales. En 2023 recibió el apoyo del Programa de Estímulos para la Creación y Desarrollo Artístico de Jalisco en la categoría novela, joven creador.