
Vayalcalú/ son las doce/ cuéntame una historia.
había una vez una tu madre
que contaba espinas
era blanca como el adobe
escuchaba caer los árboles
sin ningún asombro
sabía quedarse quieta
silenciarse
sí esconderse
Vayalcalú/ son las doce/ cuéntame una historia.
Esta es la historia de David
llamado Pedro por algunos
que venía a buscar a un hombre
que fue enterrado vivo que
Vayalcalú/ son las doce/ ¿por qué no avanza el tiempo?
Esta es la historia de Vayalcalú
que sabía quedarse quieto.
Mi abuela
que era gorda como una nube en agosto
que se pintaba los labios
con mermelada de fresa
que tenía en su mirada geografía con cataratas
y poemas crípticos
que era en esencia gorda
porque su amor hinchaba
que adivinaba nietos con el olfato
que, como comprendí más tarde:
su carne era su bondad
que estaba delirante, sonrosada
depositada en el rechinido
de aquella silla mecedora,
que sonreía y echaba el humo por su nariz;
mi abuela
que era rítmica, mística, dulce
que modelaba flores con papel crepé
y era también oscura
como el cristal de los aparatos de petróleo
que predijo su muerte
y la anunció cantando
mientras nosotros hurgábamos
vestigios de su fogón
que marchó peregrina
llevando consigo una murmuración de hijas
con sus miradas límpidas
con las chapitas rojas de papel de flor
y manos trémulas de tan hermosas,
y llevaba consigo un can casi tan negro
como las ojeras que dejó el hollín
que llegó, que vino, que se fue delirante
entre color y parafina;
mi abuela
que era locomotora y nube
máquina y meteoro
que en un abrazo de gordos brazos
mi abuela gris, como nube de agosto,
me arrullaba,
y yo dormía en sus brazos, gordos
suavecitos como almohadas
y era entonces, yo, como un tren
pequeñito, jugando al cigarrillo
rondando siempre sus pies;
mi abuela
que, gorda de amor, como una nube de agosto,
estuvo, siempre, a punto de llover.
Mi nombre proviene del idioma proto-insecto, aunque se han encontrado palabras semejantes en otras “lenguas proto”, como el proto-lírico y el proto-barro.
Me contaron mis madres que mi talento no consiste sencillamente en cantar o tocar mis cuerdas (dos actos fabulosos y de una semejanza extraordinaria), sino en brotar de un cascarón y luego de la tierra, que es otro cascarón a gran escala, y cantar la lluvia con la forma peculiar en que rasgo el viento con mis patas.
La palabra lluvia proviene de sí misma.
Los ojos rojos de esa ninfa solitaria encendieron en mi corazón eléctrico algunos truenos y me percaté por primera vez de mi cuerpo entero.
Al día siguiente pregunté a la Insectosora si sentía lo mismo al verla. Pregunté a mis compañeras si sentían pulsiones o descargas en sus patas cuando pasaba cerca de nuestra cueva de clases. Toqué las raíces de los abedules, los riachuelos, probé la savia una y otra vez preguntándoles si también se paralizaban cuando la veían. Pero por mayor respuesta recibí una mirada tierna de todas, de todo.
Durante varias noches soñé o vi
de las paredes de mi cueva brotar notas musicales
tonadas magníficas, perfectas
que crecían y crecían y crecían
como hebras
como raíces de abedules jugosos
que se abrazaban a mis patas y a mí completa
y bailaban conmigo con una suavidad y un compás
que yo desconocía.
Cantarra (Universidad de Guanajuato, 2024)
Daniel Wence Partida. (1984. Plaza del Limón, Ixtlán, Michoacán, México). Autor de Nada de incrustaciones (2010), Arlecchino (2017), Discordantes (2018), Historia natural de la melancolía (2019), Frágil, el navegante (2021), Cantarra (2024) y coautor de Escribir para no estar (2022). Ha recibido becas como Cultura para la armonía, PECDA Michoacán y FONCA-Coinversiones. Cofundador y director del Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes de Morelia, obtuvo el XII Premio Internacional de Poesía en Lengua Castellana Fundación Jesús Serra (2019), el primer Concurso de Literatura Infantil y Juvenil de la Universidad de Guanajuato (2023), el premio Las otras tintas, de Alas y Raíces (2025). Radica en Zapopan.