Christian Anguiano. Foto: Miguel Asa
Christian Anguiano
Guadalajara, Jalisco, México

Narciso en la fosa de clavados

Hay un reflejo estancado en el filo del mundo.
Puede verse desde aquí, al otro lado del cielo,
Justo en el instante en que caigo.

Sus secretos no los saborean las nubes,
no se siente que respire allá abajo.

Un mutismo estalla
en los ojos que paladean el oxígeno
cuando se dispara a la superficie
en pausadas explosiones de muerte.

Hay un reflejo que mira aterrado
mientras nos hundimos,
hasta que llega la asfixia mutua
y los suspiros anuncian su abandono.

Hay un reflejo cada vez más cercano,
agitado en el vacío,
cuando extiendo los brazos en el terreno líquido
y mi cuerpo se desborda sobre el filo de la cama.

Hay un reflejo al que he abrazado en pleno aterrizaje,
cuando toco el fondo de este vaso de agua
y somos el mismo que desciende
y se hunde en la vanidad del mundo.

Naufragio

Fallo en cuestiones del corazón:
me asusta acercarme a las islas
que no vienen a mí.

El problema es que carezco de barca y de remo,
de brújula y de norte.

Deambulo entre las aguas,
bajo la furia de las trombas.
Me rodean terrenos inexplorados
donde tu nombre era el mapa:
la promesa de un puerto inexistente.

Soy una ballena encallada
Que aún respira el fervor de la tarde,
el ardor de un canto apagado.

Y con el grito de ¡tierra a la vista!
vomito la bilis del abandono.

El aire se vuelve más habitable.

Sigo perdido.

Nadie cantará como tú nunca más

VI
El cuarto tiene la soledad de un abismo.
Es la quinta noche y esta cama no es la que recuerdo.
Hay un vacío de celebración muda,
y aún sueño con tu respiración,
el aliento que antecede a mi pecho.
Estás al otro lado del muro,
el sueño juntos, separados.
Sé que me repudias.
Me sentí extranjero aquella noche en que me lancé al mar,
cuando dejé tu isla.
Ahora nadamos sin tocarnos, sin mirarnos.
Anclaste una vida futura fuera del vacío.

Es la quinta noche y una risa vieja renace en capullo.
El trino, las olas, el sonido de algo achicharrado bajo el sol.

He lanzado un mensaje en una botella,
se rompió al tocar el agua helada.
Apenas sofoca el vacío, el ruido posible.
Hoy la idea de matarme me aborda,
               por eso escribí.
Quería que llegara a ti,
pero sé que el vacío no acorta distancias
y hace mi voz imperceptible a tus oídos.

Nadie cantará como tú nunca más

VIII
Soñé con un poema que me recitabas
con tu voz agria de medianoche.

Era un poema de Szymborska,
de un libro que nos fascinaba.
Busqué medio día aquel lomo morado
entre los libreros
que tantas veces desacomodaste a placer.

Imaginé dónde lo habrías puesto,
qué lógica le habrías dado a aquel espacio
en el que nunca volverías a estar.
Pero el libro no apareció.
Buscaba, intentando reconstruir
cada palabra de aquel texto.

Los minutos pasaban
y el poema se desvanecía en mi memoria,
como siempre, como todo.

Tras tantas revisiones,
comprendí que te lo habías llevado contigo.
Quizá yo mismo lo puse en las cajas
que llenaste de libros y silencios.
Era mi culpa:
ordené tus cosas
durante las dos semanas
en que no estuviste,
para que pudieras marcharte sin contratiempos.

Al final de cuentas, el libro era más tuyo que mío.
Tú lo recitabas con más entusiasmo.
No volvería a tocarlo
de la misma manera en que lo hacías tú.

Así es mejor.
Cada historia con su dueño,
cada tema con su loco.
Mi espacio respira mejor sin intrusos,
cuando solo quedan las cosas simples de mis islas.

Aunque el libro nunca apareció,
sentí rabia.
Recordaba, a medias,
en qué página estaba el poema.
Y nada más.
Ni el título, ni el contenido,
ni un solo verso.

Para ti, quizá,
solo fue un poema mal soñado,
recitado con voz cansada al final del día.
Un poema que borraste de tu lengua
con cada palabra dicha.

Epifanía. Estigmas de la mano

1
En el inicio
el recuerdo fue revelación.
La incertidumbre vino enseguida con el extrañamiento de las manos.
Reconocer aquellas líneas no identificadas,
la formulación del pretexto ficticio:
              mis manos son las de un asesino
              y no hay tiempo para excusas.
Entonces éramos nosotros −aunque tú solo−
frente a la representación del dominio,
de cara al castigo perpetuo del puño.

En el principio, tus manos se formaron sobre grietas,
erosión surgida en el origen de la vida.
Grietas orgánicas, desiertos volátiles,
aridez del terreno infértil,
grietas culminadas en llagas,
arpones viles,
resquicios de sangre seca.

En el comienzo,
tu infancia y la vida de tu padre se habían ido;
el recuerdo fue un golpe directo a la cara
y aquello revivió una sentencia ficticia,
cientos de marcas de lobo llagadas a lo largo de los años.
El fantasma de tu padre volvía a remorderte la conciencia.
Demasiado tarde para dejar de existir.

Diálogo del hombre como lobo de sí mismo (Cultura Jalisco, 2022)

Christian Anguiano (1993. Lomas de Tabachines, Zapopan, Jalisco, México). Poeta. Licenciado en Letras hispánicas y estudiante de Escritura creativa en la Universidad de Guadalajara. En 2022 publicó el poemario Diálogo del hombre como lobo de sí mismo con la Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco. Ha colaborado en las revistas Luvina, Huraño, Larvaria, entre otras. Ganador del VI concurso Luvina Joven 2016 en la categoría de ensayo. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el Curso de Creación Literaria para Jóvenes 2016 en la categoría de narrativa.