Bladimir Tapia. Foto: Miguel Asa
Bladimir Tapia
Puerto Vallarta, Jalisco, México

La piedra de Sísifo que se partió a la mitad en el descenso

Hubiera deseado que fuese lunes por la mañana:
otro día de gallos que no cantaron y se quedaron dormidos,
cautivo en la fisura del sueño donde se formó un estanque
de imágenes difusas para el portador.
El pez de la memoria, ahora azul, tiene pinceladas de Carrington
en las aletas.
Un bostezo árido se escapa de mi boca después de leer Pleamargen,
que somos yo y las horas que me secundan al terminar el desayuno.
¿Y esta plúmbea permanencia entre los brazos aún no madura, importa?
Las mondas de tu nombre se pudren como la puerta del patio por el salitre.
Se escucha una piedra percutir otra piedra.
El azoro cenital de los pájaros, tu presencia acercándose
como una boya perseguida por el terror de la lejanía.

Te lo digo, padre, nunca encontré una moneda como tú me dijiste,
“sí partes una piedra a la mitad aparecerá dinero, ¿lo ves?, inténtalo.”
Te lo digo, padre, nunca amé a una mujer como tú me dijiste,
“sí le partes el corazón, ella estará contigo siempre, ¿lo ves?, Inténtalo.”
Te lo digo, padre, nunca escapé de mí mismo como tú me dijiste,
“te enseño a partir cosas para que no cargues tu espíritu, ¿lo ves?, Inténtalo.”
Así la materia, los recuerdos, el frágil espolón de mi temperamento
mudaban su forma original por otra menos corrosiva.
Hablaba voces indefinidas mi cuerpo:
aprendí cuándo sí el péndulo de la semana se detendría
y era momento de salir corriendo en sentido contrario.  

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A Alaíde Foppa

En la palma de tu mano
trina la sangre inaudible como desde un balcón ajeno
[aqueja un poema, el cosquilleo de algo que quiere contra/decirse].
Lento el sueño se desliza entre los párpados y deja sus mondas.
Los jardines que crecen bajo las sábanas,
el viento húmedo de primavera a punto de astillar su aleta dorsal
en la blanda tierra de tu vientre,
descorazona, tramo a tramo, un presentimiento.
“Pásame los anteojos, está muy oscuro. Quiero palpar algo”
entonces los pliegues, las molduras, los libros abiertos con apuntes
jeroglíficos de una velada de estudio,
se tornan extraños, casi de polvo salvaje a la deriva.
El amanecer es otro aviso, una carta de letras castañas que tampoco leíste.
 

Enigma

No hemos comprado ningún paquete funerario,
ni dicho nuestras últimas voluntades:
mi padre se mira viejo, viajando el resto de su vida,
y mi hermano no vaticina nada de su futuro.

Yo solo me imagino en una urna,
vuelto polvo grisáceo y sin ánimos de volver a la vida
(tengo miedo despertar en el féretro y solo ver oscuridad).

En cuanto a mi madre,
ella siempre está mencionando las tradiciones de su pueblo:
el icónico festejo del día de muertos,
las coloridas calles adornadas con cempasúchil
y largas hileras de luces que alumbran el atrio de la iglesia.

Dice que quien muere ahí nunca muere,
porque siempre está en constante movimiento
el recuerdo de los que se van o se quedan.

Ella decidió irse de ahí desde muy joven
a buscar oportunidades,
y han sido escasas las veces que ha regresado.
En ese mismo pueblo enterró a su padre,
en ese mismo pueblo desea enterrar a su madre,
y cuando se le pregunta sobre cómo le gustaría ser despedida
se limita a responder:
“Extraño las fiestas de mi pueblo, quien muere ahí nunca muere”.

Aproximaciones

Un aroma milagroso desde su raíz,
una raíz milagrosa en el aroma,
que hace del árbol la imagen del árbol,
y hace del río la imagen del río,
y hace del pájaro su propia imagen.

Cuánta belleza puede reunir un instante;
cuánta juventud inundada en la materia,
ese frágil y melancólico vuelo del azar,
esa aproximación entre dos cataclismos
contendidos en el fervor de una llama.

Anguila

Qué fertilidad hay en el agua,
                      qué tumulto levísimo
el cuerpo de la anguila
mana desde los ríos de la nada.
Si es apenas un roedor entre la hierba,
es el alma de la flor que al abrirse
desinhibe su aroma,
sutil reflejo en las ventanas del océano,
algo que brilla y se desvanece en las pupilas,
es un templo de templadas imágenes,
con sus pájaros que guardan las mieses
de su canto en los chapiteles.

Bladimir Tapia Nery (1994. López Mateos, Puerto Vallarta, Jalisco, México) Poeta y contador. Licenciado en Psicología y en Contaduría pública. En 2018 obtuvo el tercer lugar del concurso Letras Saladas, en el marco del VI Encuentro Internacional de Poetas y el Arte Letras en la Mar. Ganó el primer lugar en la categoría de poesía del Concurso Nacional Miradas artísticas sobre la pandemia: de la paranoia a la solidaridad (UNAM, 2020), y al año siguiente recibió el segundo lugar nacional del premio Democratizarte. En 2022 obtuvo el tercer lugar del certamen Haikús contra el calor convocado por la Biblioteca Pública Los Mangos de Puerto Vallarta, y el primer lugar de los XL Juegos Florales Nacionales de la Plata de Taxco, Guerrero, con su manuscrito Violetas de Anáhuac. En 2023 publicó su primer libro de poesía No se borra la cicatriz en la piel del tiempo en la colección La maleta de Hemingway de la Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco. En 2024 ganó el Certamen Nacional de Poesía Juegos Florales Ixtlán del Río y obtuvo mención honorífica en los Juegos Florales de Zapotlán el Grande.