
Cuando pasen los años
y un nuevo Hamlet descubra mi calaverita
bajo los escombros de la fosa común,
notarán entre mis colmillos un picadientes.
El médico forense dictaminará que fui yo quien se comió a los gusanos.
Efectivamente mi cráneo no dará pensamientos
sólo un puñado de nardos.
A mitad del entrecejo se podrá apreciar
unas marcas muy profundas dibujando una cruz
causadas por las bendiciones de mi viejita
con su mano temblorosa ejecutando el pequeño compás de 4/4.
En las cuencas
solo encontrarán cenizas
de un alfabeto azul.
Con mi oído de tísico
la escuché venir con sus zapatitos de tacón.
Con mi vista daltónica
se veía hermosa con ese vestido rojo.
Con mi voz disléxica
le susurré palabras tiernas en la oreja.
La invité a cenar a un restaurante argentino
ella se disculpó diciendo que era anoréxica.
La invité a bailar cumbia en un salón de finísima categoría,
ella me comentó que tenía mal de Parkinson.
Sumamente enojado le propuse que se acostara conmigo,
ella argumentó que era sonámbula.
Pasó una semana y descubrí que algo teníamos en común:
ambos sufrimos de Alzheimer.
Los funerales del espantamusas (Universidad de Guadalajara, 2015)
La poesía no es la gran surtidora de carne para llenar los congeladores del rastro como otros géneros literarios, lejos de ello tiende a convertirse en cucurucho de papel estraza para envolver un puñado de caramelos. Siempre se le debe mirar hacia abajo como quien busca la canica perdida en su porción de tierra, es por ello que camina con sus patitas de alfabetos elásticos por el estrecho hormiguero. Le reclaman su vida tan modesta en una burbuja sin cochera, pero con un jardín jabonoso. Los relojes se desconciertan, pues en medio minuto es capaz de terminar su acto y cerrar el telón de la dulce bocanada. Se empequeñece para llegar en trocitos a todos los rincones del universo y armar el esperado rompecabezas. Nunca empobrece el presupuesto de la tinta en la hoja.
De cuarenta a cuarenta y cinco pesos quien finja fiebre
y ampollas en la boca.
Para quien mire directamente el cielo, la cuota puede subir cuantiosamente
lo mismo si es sorprendido en la azotea de su edificio.
Los ciegos y tuertos tendrán un descuento
presentando una credencial vigente.
Podrás colocar frascos de conserva para almacenar algún calor
siempre y cuando sea para limpiar vidrios empañados.
De no realizar el pago en los días correspondientes,
las palomas cagaran las cabezas de las mujeres
los buitres se encargarán de los varoncitos.
Si portas paraguas serás sospechoso
y podrías ir a prisión.
Debajo de la tierra tendrás un trece por ciento de descuento.
Quienes duerman con el sol del medio día
En las esquinas, bancas de parques, o en las alcantarillas
quedarán exentos de todo pago.
Tragacanto (FONCA/Arlequín, 2006)
Te di a beber lluvia
de mis párpados
un día de frágiles temblores.
Te di agua de charcos
y ahí crecieron
árboles con pájaros.
Te di a tomar fuentes y desagües
que arrojaste
convertidos en piedra.
Te di a beber el rechinido de mis dientes
y la sangre parda
que gotea del tinaco.
No comas ángeles (Arlequín, 1994)
Alejandro Zapa (1972. Centro, San Pedro Tlaquepaque, Jalisco, México). Poeta, editor, músico y promotor cultural. Fundador de Ediciones Arlequín y del Tianguis Cultural de Guadalajara. Saxofonista en La Yaga y Fulanos de tal. Ha presentado su obra y conferencias en varios países de Latinoamérica. Autor de No comas ángeles (1994), Tragacanto (2006), Mester de Grafito (2007), Los funerales del espantamusas (2015), Los evangelios de las tribus urbanas (2016) y Un anexo en cada hijo te dio (2024). Su obra aparece en antologías como Poesía viva de Jalisco y Diccionario de Escritores de Jalisco.